Bolivia en el horizonte del capital estadounidense
El recorrido histórico relacionado con las inversiones en Bolivia resulta más cíclico de lo que a menudo se piensa. En julio de 1907, la Revista de los Banqueros de Estados Unidos publicó un artículo que revisaba las intenciones del embajador boliviano Ignacio Calderón, quien procuraba atraer inversiones al país. Este esfuerzo, en esencia, se asemeja a las aspiraciones actuales de nuestros diplomáticos en Washington D.C.
Ignacio Calderón, abogado y ministro de Hacienda durante el mandato del presidente José Manuel Pando entre 1901 y 1903, ejerció su labor como embajador en varias ocasiones durante las dos primeras décadas del siglo XX. Su figura puede ser comparada con la de Víctor Andrade en el contexto liberal de la época.
En nuestro reciente libro, escrito junto a Rafael Archondo, se aborda cómo Calderón compartió la embajada en Washington D.C. con Alberto Gutiérrez, un reconocido diplomático relacionado con el Tratado de 1904 con Chile y autor de importantes escritos sobre Estados Unidos. Lejos de ser meros asistentes a eventos sociales, los diplomáticos bolivianos de aquel entonces se destacaron por su capacidad de observación y reflexión.
Con un profundo conocimiento de la cultura estadounidense, Calderón supo moverse con soltura en los círculos sociales de la capital. Su situación financiera le permitió ocupar dicho cargo, y su esfuerzo no solo busca revivir su figura, sino también evidenciar la repetición de un ciclo de búsqueda de inversiones para superar periodos de crisis.
La reseña de la revista menciona que las minas bolivianas han sido una fuente de riqueza a lo largo de la historia, aunque también subraya que, a pesar de su potencial, las dificultades como los altos costos de transporte y la falta de capital, limitaban su desarrollo. En ese contexto, Calderón afirmaba que Bolivia era uno de los países más ricos de Sudamérica, aunque poco conocido por el mundo.
Se destaca que el precio del carbón en Bolivia era significativamente más alto que en la costa, lo que representaba un obstáculo para la industria. Sin embargo, Calderón optimistamente predecía que el desarrollo de la energía eléctrica y hidráulica aliviaría dichos costos. Además, vislumbraba en Santa Cruz y Beni un gran potencial para la ganadería, similar al desarrollo argentino.
La visión de Calderón incluía la expansión del ferrocarril hacia el oriente, conectando a Bolivia con Argentina y Perú, creando así una red de transporte panamericano. A su juicio, los impuestos sobre la industria minera ofrecían un atractivo retorno de inversión, aunque podría haber sido una estimación demasiado optimista.
Finalmente, el embajador mencionaba que varios productos bolivianos, como la cocoa de calidad, comenzaban a tener un mercado en Estados Unidos. Si algún día un nuevo embajador siguiera los pasos de Calderón, sería beneficioso que también reflexionara sobre cómo evitar desilusiones futuras en el ámbito de las inversiones.